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Cuando entendí que no podía con todo… y fue mi mayor liberación
Por muchos años creí que mi valor estaba en lo que podía sostener.
Me enorgullecía decir “yo puedo con todo”, aunque por dentro estuviera rota. La autosuficiencia se había convertido en mi armadura… y también en mi prisión.
Era la mujer que nunca pedía ayuda, que se encargaba de todo y que siempre sonreía, aunque la tristeza se me colara en los huesos. Hasta que un día, esa fortaleza que yo llamaba “mi gran virtud” empezó a pesar como una carga imposible de seguir llevando.
Recuerdo una mañana, sentada frente al espejo, mirando mis ojeras y mis hombros tensos, y pensé: «¿Cuándo fue la última vez que respiré sin sentir que el mundo estaba sobre mí?» Esa pregunta se quedó resonando en mi interior como un eco que no podía ignorar.
Fue entonces cuando me permití algo que nunca antes había hecho: pedir ayuda. Y lo hice con miedo, con vergüenza y con la sensación de que estaba fallando. Pero lo que encontré fue todo lo contrario: entendí que soltar no era rendirme… era sanarme.
Ese momento fue mi primera gran liberación. Descubrí que no necesitaba demostrar nada para ser valiosa, que podía dejar de cargar con lo que no me correspondía y que había un espacio dentro de mí que pedía descanso, amor y reconexión.Hoy, acompaño a mujeres que han aprendido a ser fuertes para todos, menos para ellas mismas, a vivir la misma experiencia: encontrar libertad en soltar.
Porque no se trata de cargar más… sino de vivir más livianas.
